jueves, 19 de junio de 2008

Toccata et fugue pour l'étranger

"Vivir el odio": el extranjero se formula a veces así su existencia, aunque se le escapa el doble sentido de la expresión. Sentir constantemente el odio de los otros, no estar en otro medio que en este odio. Como la mujer que se pliega, complaciente y cómplice, al rechazo que le muestra su marido ya en el esbozo del menor gesto, palabra, propósito; como el niño que se esconde, temeroso y culpable, convencido ya de merecer la cólera de sus padres"... son palabras de "Tocata y fuga para el extranjero", primer capítulo de Étrangers à nous-memes, un memorable libro de Julia Kristeva de 1988 (seguro que está traducido, pero no sé donde), escrito cuando los franceses comenzaron a pensar en serio sobre su experiencia de receptores de emigración. Han pasado muchos años, han pasado muchas revueltas en París. Y ayer el Parlamento europeo aprobó las durísimas medidas contra la emigración. Sumemos las medidas de extensión de la jornada a 65 horas semanales: no son independientes.
No sé que puede decir uno desde su puesto privilegiado de trabajo estable en su tierra. Pero hoy he recordado mi experiencia de sinpapeles en Suiza, en los años previos a la transición, cuando los estudiantes (también) emigrábamos. El paso de la frontera a las seis de la mañana: dormidos, asustados, apretados en una larga cola, vigilados por gendarmes, pasándonos bajo mano un fajo de francos para justificar un hipócrita visado de turista; la búsqueda de esa dirección de un emigrante amigo de un amigo de un amigo que nos acogería a una docena en el suelo del comedor de su casa por unos días; la cola de la empresa de trabajo temporal; la salida del trabajo a las tres de la mañana y aguantar los ocasionales controles y golpes de la policía: "vosotros los árabes..." (los morenos nos parecemos todos. Hubiera sido peor contestarles que era español, qué más le daría a ellos, los flics son así); la angustiosa espera a la policía porque el tonto de J. había escondido unos calcetines en el supermercado y una vieja nos había seguido y denunciado al vigilante; los grupos de gente que nos reunimos en el parque el domingo por la tarde; el paso de la frontera de vuelta, aterrorizados por el control de la guardia civil, que a lo mejor registraba precisamente tu maleta donde estaban los libros prohibidos.
Durante décadas me resistí a volver a Ginebra, había internalizado el odio y no supe resolverlo en mucho tiempo, hasta que hace poco volví a comprobar que a los "visitantes" españoles, desbordantes de euros, se les trataba con obsequio y deferencia. Voilà.
No sé que decir, ..., qué sentido tendría cualquier cosa que dijera. Hoy me siento extranjero de mí mismo.

1 comentario:

  1. Si te digo la verdad, eso no se ha superado en los años. Yo he vivido desde los 12 años en Alemania e Italia, siempre extranjera, y nunca del todo aceptada en la sociedad, porque era siempre "la española", no quien soy. De vuelta en la patria añorada, las cosas no son más fáciles, pero desde luego me llaman por mi nombre y no me ven como la extranjera. No llevo odio pero sí rencor, y subirme en un avión y volver a Italia, por ahora, no lo puedo hacer.

    ResponderEliminar